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B1 - Intermediate subjunctive past tense (preterite) past tense (imperfect) work home city & directions

El café de Don Miguel

M
711 words · Key vocabulary
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Don Miguel abrió el café a las siete de la mañana, como todos los días desde hacía treinta y dos años. Encendió las luces, puso en marcha la cafetera vieja y colocó los periódicos del día en la barra. La máquina de café hizo el ruido de siempre: un zumbido seguido de un suspiro, como si ella también necesitara despertarse.

El café se llamaba "La Esquina" y estaba en una calle estrecha del barrio de Lavapiés, en Madrid. No era un café moderno con wifi y leche de avena. Era un café de toda la vida, con mesas de madera oscura, sillas que crujían, fotos en blanco y negro en las paredes y un mostrador de mármol desgastado por miles de tazas.

Miguel heredó el café de su padre, que a su vez lo heredó del suyo. Tres generaciones sirviendo café en la misma esquina. Miguel recordaba cuando, de niño, se sentaba detrás del mostrador y miraba a su padre preparar cortados con una precisión que parecía arte.

—Un buen café no se hace con prisa —le decía su padre—. Se hace con respeto.

A las siete y cuarto llegó el primer cliente del día: Don Ramón, un jubilado de ochenta y tres años que venía todas las mañanas desde hacía quince.

—Buenos días, Miguel. Lo de siempre.

—Buenos días, Ramón. Un cortado con media tostada.

Era una costumbre tan establecida que Miguel empezaba a prepararlo en cuanto veía la silueta de Ramón a través de la puerta de cristal. Don Ramón se sentaba siempre en la misma mesa, la del rincón junto a la ventana, y leía el periódico de principio a fin.

A las ocho llegaban los trabajadores: Marta, la enfermera del hospital de al lado, que siempre pedía un café con leche grande para llevar; Javier, el profesor del instituto, que desayunaba huevos revueltos y corregía exámenes en la barra; y Pilar, la dueña de la mercería de enfrente, que tomaba un descafeinado y le contaba a Miguel los chismes del barrio.

El café de Miguel no era solo un lugar donde se servían bebidas. Era el sitio donde el barrio se encontraba consigo mismo. Aquí se habían celebrado bodas, se habían llorado pérdidas, se habían resuelto discusiones entre vecinos y se habían compartido noticias importantes. Miguel conocía las historias de todos sus clientes. Sabía quién estaba enfermo, quién había tenido un hijo, quién buscaba trabajo.

Un martes de octubre, un hombre con traje entró en el café. Miguel no lo conocía. El hombre miró a su alrededor con una expresión que a Miguel no le gustó: calculadora, fría.

—¿Es usted el propietario? —preguntó el hombre, sentándose en la barra.

—Sí. ¿Qué le pongo?

—Un café solo. Y una conversación, si tiene un momento.

El hombre se presentó como Alejandro Torres, promotor inmobiliario. Explicó que su empresa había comprado el edificio donde estaba el café. Querían derribarlo y construir un bloque de apartamentos de lujo.

—Le ofrecemos una compensación generosa —dijo, sacando un sobre del maletín—. Más que generosa, diría yo. Con este dinero podría jubilarse tranquilamente.

Miguel miró el sobre sin abrirlo.

—¿Sabe cuántos años lleva este café aquí?

—Tengo entendido que bastantes.

—Ochenta y cuatro. Mi abuelo lo abrió en 1940, después de la guerra. Lo abrió porque el barrio necesitaba un lugar donde la gente pudiera sentarse, hablar y sentirse humana después de todo lo que había pasado.

—Entiendo el valor sentimental, señor Miguel. Pero los tiempos cambian. El barrio está cambiando. Necesita modernizarse.

—El barrio no necesita más apartamentos de lujo. Necesita sitios donde la gente se conozca.

Alejandro dejó el sobre en la barra.

—Piénselo. Tiene mi número. La oferta es válida durante treinta días.

Cuando se fue, Don Ramón levantó la vista de su periódico.

—¿Qué quería ese?

—Comprar el café. Quieren derribar el edificio.

Don Ramón se quedó callado un momento.

—¿Y qué vas a hacer?

Miguel miró el café: las paredes con sus marcas, la cafetera vieja, la foto de su padre detrás de la barra. Pensó en los treinta y dos años que había pasado allí. En las mañanas que empezaban con el zumbido de la máquina. En los clientes que eran más que clientes.

—Voy a hacer lo que hacemos siempre —dijo Miguel—. Abrir mañana a las siete.