Llegando a Barcelona
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Carlos llegó a Barcelona un martes de septiembre. El avión salió de Bogotá por la noche y llegó a España por la mañana. Carlos estaba nervioso pero tenía mucha ilusión.
En el aeropuerto, cogió sus dos maletas y su guitarra. La guitarra era lo más importante de su equipaje. Su abuelo se la regaló cuando tenía quince años.
Un taxi lo llevó a su nuevo piso. El piso estaba en el barrio de Gràcia, en un edificio antiguo con un portero muy amable.
—Bienvenido, joven —dijo el portero—. ¿Es usted el nuevo inquilino del cuarto piso?
—Sí, señor. Me llamo Carlos. Vengo de Colombia.
—¡Colombia! Qué lejos. Aquí va a estar muy bien. Es un barrio muy tranquilo.
Carlos subió las escaleras con sus maletas. El piso era pequeño pero bonito. Tenía una cocina, un baño, un dormitorio y un salón con un balcón. Desde el balcón se veían los tejados de la ciudad y, a lo lejos, el mar. Las vistas eran increíbles.
Carlos se sentó en el suelo del salón vacío. No tenía muebles todavía. Miró por la ventana y pensó en su familia en Bogotá. Su madre seguramente estaba cocinando. Su hermano estaba en la universidad. Se sentía un poco solo.
En ese momento, alguien llamó a la puerta. Era una chica de su edad con una bandeja.
—Hola, soy Ana. Vivo en el piso de al lado. Te he traído café y galletas. Mudarse es muy cansado, ¿no?
Carlos sonrió. El café olía como el café colombiano que hacía su madre.
—Muchas gracias, Ana. Eres muy amable. Soy Carlos.
—¿Esa es tu guitarra? —preguntó Ana, señalando el estuche—. Me encanta la música.
—Sí, toco la guitarra desde pequeño. Si no te molesta el ruido, claro.
Ana se rio.
—¡Al contrario! Este edificio necesita más música.
Carlos bebió el café, comió las galletas y pensó que Barcelona iba a ser una buena ciudad para él. El barrio era diferente a Bogotá, pero se sentía un poco como en casa.
Esa noche, antes de dormir en su colchón nuevo en el suelo, Carlos tocó una canción colombiana en su guitarra. Al otro lado de la pared, Ana escuchaba y sonreía.