Cambio de planes
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Habían pasado dos meses desde la primera videollamada. Daniela y Tomás hablaban todas las semanas, los miércoles a las diez de la noche, hora de México, que eran las doce de la noche en Buenos Aires. Ya casi no practicaban inglés. Hablaban en español sobre todo lo que les importaba.
El tercer miércoles de noviembre, Daniela apareció en la pantalla con los ojos rojos.
—¿Qué pasó? —preguntó Tomás.
—Renuncié.
—¿Al trabajo?
—Sí. Hoy. Le dije a mi jefe que no aguantaba más y me fui.
Tomás se quedó callado un momento.
—¿Cómo te sientes?
—Aterrada. Y libre. Las dos cosas al mismo tiempo.
Daniela le contó lo que había pasado. Su jefe le pidió que diseñara una campaña para una marca de refrescos. La campaña usaba imágenes de comunidades indígenas de una forma que a Daniela le pareció irrespetuosa. Se lo dijo a su jefe. Él le respondió que no le pagaban para tener opiniones, sino para diseñar lo que el cliente quisiera.
—Algo se rompió dentro de mí —dijo Daniela—. Llevaba ocho años tragándome cosas así. Hoy no pude más.
—¿Y ahora qué?
—No sé. Tengo ahorros para tres meses. Mi madre piensa que estoy loca. Mi hermana me apoya pero le preocupa que no tenga un plan.
—¿Tú tienes un plan?
Daniela dudó.
—Quiero pintar. Quiero intentar vivir del arte. Sé que suena ridículo a los treinta y un años, pero si no lo intento ahora, ¿cuándo?
—No suena ridículo. Suena valiente.
—¿De verdad lo crees?
—Daniela, he visto los cuadros que tienes en la pared. He visto los que me mandas por foto. Son increíbles. Tienes talento de verdad.
Daniela se secó los ojos.
—Gracias, Tomás. Necesitaba que alguien me dijera eso.
—Ahora te toca a ti decirme algo a mí.
—¿Qué?
Tomás respiró hondo.
—He encontrado una beca. Para estudiar biología marina en la Universidad de São Paulo, en Brasil. Es un programa de dos años. La solicitud cierra en enero.
—Tomás, eso es increíble. ¿Vas a solicitarla?
—No sé. Mi padre... ya sabes. La panadería. Si me voy, no hay nadie que se haga cargo. Mi hermana vive en Córdoba con su familia. Mi madre murió hace tres años. Solo estamos mi padre y yo.
—¿Has hablado con él?
—Lo intenté la semana pasada. No fue bien.
La conversación con su padre había sido la más difícil de su vida. Tomás le explicó lo de la beca, le habló de su pasión por la biología, le dijo que necesitaba intentarlo. Su padre lo miró como si le estuviera diciendo que quería irse a la luna.
—¿Y la panadería? ¿La tiras a la basura? Tres generaciones, Tomás. Tu abuelo empezó esto con sus manos.
—Papá, yo respeto la panadería. Pero no es mi vida. Es la tuya. Y la del abuelo. Yo necesito encontrar la mía.
—Si te vas, no vuelvas.
Su padre dijo eso y se fue a la cocina a hacer pan. No volvieron a hablar del tema.
—No lo dijo en serio —dijo Daniela—. Los padres dicen cosas así cuando tienen miedo de perdernos.
—¿Y si sí lo dijo en serio?
—Entonces tendrás que decidir qué pesa más: el miedo de perder a tu padre o el miedo de perderte a ti mismo.
Tomás se quedó en silencio mirando la pantalla. Al otro lado, a cinco mil kilómetros, Daniela lo miraba con una expresión que él nunca había visto en nadie: total comprensión sin ningún juicio.
—Los dos tenemos miedo —dijo Daniela—. Yo de haber dejado algo seguro por un sueño. Tú de no atreverte a dejar algo seguro por un sueño. Somos la misma moneda, Tomás. Solo que estamos en lados diferentes.
—¿Hacemos un trato? —dijo Tomás.
—¿Qué trato?
—Yo envío la solicitud de la beca si tú inscribes tus cuadros en una exposición.
—Tomás...
—Hablo en serio. Los dos damos el salto. Juntos. Desde lejos, pero juntos.
Daniela lo pensó un momento. Después sonrió.
—Hecho. Pero si me rechazan de la exposición, me vas a deber muchas medialunas argentinas.
—Y si no me dan la beca, te voy a deber muchos tacos mexicanos.
Los dos se rieron. Era una risa nerviosa, de personas que acaban de tomar una decisión que les cambiará la vida y todavía no saben si es la correcta.
Esa noche, después de colgar, Tomás abrió la página de la beca y empezó a llenar la solicitud. En México, Daniela buscó convocatorias de exposiciones colectivas y encontró una en una galería del centro: "Nuevas voces: artistas emergentes. " La fecha límite era en tres semanas.
Los dos se sentían igual: aterrados y vivos. A veces esas dos cosas son lo mismo.