El intercambio
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Daniela se inscribió en la plataforma de intercambio de idiomas un domingo por la noche, después de tres copas de vino y una pelea con su jefe por WhatsApp. No fue una decisión meditada. Fue un acto de rebeldía mínima: si su vida laboral era un desastre, al menos podía aprender inglés.
Tenía treinta y un años, vivía en la colonia Roma de Ciudad de México y trabajaba como diseñadora en una agencia de publicidad que le pagaba mal y le exigía mucho. Llevaba ocho años en la misma empresa, haciendo el mismo tipo de campañas, sintiéndose cada vez más vacía.
De pequeña quería ser artista. Pintaba todo el día: acuarelas de los volcanes que se veían desde la azotea de su abuela, retratos de los perros callejeros del barrio, paisajes inventados de lugares que no existían. Su madre le dijo que el arte no daba de comer. Daniela le hizo caso. A veces se preguntaba qué habría pasado si no lo hubiera hecho.
Tomás, por su parte, no buscaba aprender un idioma. Buscaba a alguien con quien hablar que no lo conociera, que no tuviera opiniones sobre su vida, que no le dijera lo que tenía que hacer.
Tenía veintiocho años y vivía en Buenos Aires, en el barrio de San Telmo. Su familia tenía una panadería que llevaba tres generaciones funcionando. Su padre esperaba que Tomás la heredara, como él la había heredado de su padre. Tomás trabajaba allí desde los dieciocho años. Sabía hacer medialunas con los ojos cerrados.
El problema era que Tomás no quería hacer medialunas. Quería estudiar biología marina. De niño, un documental sobre ballenas le cambió la vida. Desde entonces, soñaba con estudiar el océano. Pero cada vez que intentaba hablar del tema con su padre, la conversación terminaba igual:
—La panadería es tu futuro, Tomás. Es lo que somos.
Tomás se registró en la plataforma buscando practicar portugués. Quería leer artículos científicos publicados en Brasil. Cuando la plataforma le asignó a Daniela, se sorprendió: ella quería practicar inglés, no portugués. La plataforma los había emparejado por error. Los dos hablaban español.
—Creo que ha habido un error —escribió Tomás en el chat.
—Sí, yo también lo creo —respondió Daniela—. Pero es tarde y no tengo ganas de buscar a otra persona. ¿Hablamos igual? Podemos practicar inglés juntos.
—No sé mucho inglés.
—Yo tampoco. Perfecto, así ninguno juzga al otro.
Se conectaron por videollamada. La primera impresión fue extraña: Daniela estaba en su departamento de la Roma, con una pared llena de cuadros que ella misma había pintado, un gato naranja en el regazo y una copa de vino. Tomás estaba en su cuarto de San Telmo, rodeado de libros de biología y con una foto de una ballena jorobada en la pared.
—Bueno, ¿empezamos en inglés? —dijo Tomás.
—Dale. My name is Daniela. I am from Mexico City. I work in... ¿cómo se dice publicidad?
—Advertising.
—Right. Advertising. And I hate it.
Se rieron. La torpeza del inglés rompió el hielo. Pasaban del inglés al español sin darse cuenta, mezclando frases a medias, riéndose de sus propios errores.
—Your turn —dijo Daniela.
—My name is Tomás. I am from Buenos Aires. I work in a... panadería... bakery. And I also hate it.
—¡Somos los dos unos amargados! —dijo Daniela, riéndose.
Hablaron durante una hora. Se suponía que debían practicar inglés, pero acabaron hablando en español sobre sus vidas. Daniela le contó lo del arte abandonado. Tomás le contó lo de la biología marina. Los dos sentían que hablaban con alguien que los entendía.
—Es raro —dijo Daniela antes de despedirse—. No te conozco, pero siento que puedo contarte cosas que no le cuento a nadie.
—A veces es más fácil hablar con un desconocido que con alguien que te conoce demasiado —dijo Tomás—. Los que te conocen tienen expectativas. Un desconocido solo tiene curiosidad.
—¿Repetimos la semana que viene?
—Claro. Pero esta vez intentemos hablar más en inglés.
—Hecho.
Colgaron. Daniela miró la pantalla apagada y se sintió algo que no sentía hacía mucho tiempo: entendida. Tomás, desde el otro lado del continente, sintió exactamente lo mismo.
Ninguno de los dos sabía todavía lo mucho que esa conversación iba a cambiar sus vidas.