All stories / ¿El último día?
B1 - Intermediate subjunctive conditional past tense (preterite) past tense (imperfect) future city & directions emotions home

¿El último día?

M
1060 words · Key vocabulary
demoler petición firmas protesta pancarta ayuntamiento patrimonio comunidad salvar permanecer

La carta de Alejandro Torres llegó un lunes por la mañana: la empresa había comprado el edificio. El café tenía que cerrar en sesenta días. Ofrecían una indemnización. Miguel la leyó detrás de la barra, sin expresión.

Don Ramón lo vio desde su mesa de siempre.

—Malas noticias.

No era una pregunta. Después de quince años desayunando juntos, Don Ramón leía la cara de Miguel como si fuera el periódico.

—Han comprado el edificio. Tengo dos meses.

La noticia se extendió por el barrio como se extienden todas las noticias en los barrios de verdad: de boca en boca, de tienda en tienda, de balcón a balcón. Para la tarde, todo el mundo lo sabía.

Isabel fue la primera en reaccionar. Llegó al café a las cuatro, con el portátil y una expresión que Miguel reconoció: era la misma que tenía cuando escribía con intensidad.

—No van a cerrar este café —dijo, sentándose en la barra—. No si podemos evitarlo.

—Isabel, es legal. Han comprado el edificio. No hay nada que hacer.

—Siempre hay algo que hacer. Solo hay que encontrar qué.

Esa noche, Isabel publicó un artículo en su blog: "El café de la esquina: la historia de un lugar que no debería desaparecer. " Escribió sobre Don Miguel, sobre su padre, sobre su abuelo. Escribió sobre Don Ramón y su mesa junto a la ventana. Escribió sobre Clara y Andrés y sus dos mesas que se convirtieron en una. Escribió sobre la carta de Antonio que tardó cincuenta años en llegar.

El artículo se compartió miles de veces en dos días.

Pilar, la de la mercería, organizó una recogida de firmas. En tres días tenía quinientas. Los vecinos firmaban y añadían mensajes: "En este café celebré mi jubilación. " "Aquí conocí a mi mejor amigo. " "Mi madre venía aquí todos los días. Es lo único que queda de ella en el barrio. "

Clara —que ahora venía al café cada mañana con Andrés— diseñó carteles y los pegó por todo el barrio: "SALVEMOS LA ESQUINA. " Andrés hizo una ilustración del café que se convirtió en el símbolo de la campaña: la fachada con sus ventanas, la puerta abierta y la silueta de Miguel detrás de la barra.

Javier, el profesor, habló con sus alumnos del instituto. Treinta adolescentes se presentaron un sábado por la mañana en el café, cada uno con una carta escrita a mano contando lo que el barrio significaba para ellos. No todos conocían el café, pero todos entendían lo que representaba.

Marta, la enfermera, contactó con asociaciones vecinales y con un abogado especializado en patrimonio cultural.

—El café podría tener protección si se declara bien de interés cultural —explicó el abogado—. Pero necesitamos que el ayuntamiento actúe, y eso lleva tiempo.

—Tiempo es lo que no tenemos —dijo Isabel.

Miguel observaba todo desde detrás de la barra, sirviendo cafés como si fuera un día normal. No sabía qué sentir. Estaba conmovido por la respuesta del barrio, pero también sabía que el dinero suele ganar a los sentimientos.

El día cuarenta y cinco, la empresa envió otra carta. Habían adelantado el plazo. Quince días.

Isabel convocó una reunión en el café. Vinieron más de cien personas. No cabían dentro, así que se sentaron también en la acera y en la calle. Miguel preparó café para todos.

Don Ramón, que normalmente no hablaba en público, se levantó de su silla.

—Tengo ochenta y tres años. He visto muchas cosas desaparecer de este barrio. La librería de Don Fernando. El cine Atocha. La carnicería de Pepe. Cada vez que algo desaparece, el barrio pierde un trozo de memoria. Si este café cierra, ¿qué queda? Apartamentos vacíos donde antes había conversaciones.

Hubo un silencio. Después, aplausos.

El día cincuenta, cuando faltaban diez días para el cierre, ocurrió algo inesperado. El artículo de Isabel había llegado a un periódico nacional. Un periodista vino a hacer un reportaje. Después vino una cadena de televisión. La historia del café de la esquina, del edificio de tres generaciones, de la carta de amor encontrada detrás del armario, se convirtió en una historia que toda España quería escuchar.

La presión pública obligó al ayuntamiento a intervenir. Declararon el edificio bien de interés cultural, lo que impedía su demolición. La empresa de Alejandro Torres podía reformar, pero no derribar.

No era una victoria completa. La empresa seguía siendo propietaria del edificio y podía subir el alquiler. Pero por ahora, el café permanecía.

Miguel recibió la noticia por teléfono, una mañana a las siete, mientras encendía la cafetera. Se sentó en un taburete y no dijo nada durante un rato. La cafetera hizo su ruido habitual: el zumbido seguido del suspiro.

Cuando Don Ramón llegó a las siete y cuarto, Miguel ya tenía su cortado y su media tostada preparados.

—¿Noticias? —preguntó Don Ramón.

—Nos quedamos.

Don Ramón asintió, se sentó en su mesa de siempre y abrió el periódico. Como si nada hubiera pasado. Como si quedarse fuera lo más natural del mundo.

A las nueve llegó Isabel. A las nueve y media, Andrés y Clara, juntos. A las diez, Pilar. A las once, Javier con un grupo de alumnos que querían conocer el café famoso. Marta pasó a la hora del almuerzo.

El café se llenó como no se llenaba desde hacía años. La gente hablaba, reía, pedía cortados y tostadas. Alguien preguntó por la foto de la pared, la de dos jóvenes en la barra. Miguel contó la historia.

Por la tarde, cuando el café se vació y quedó solo la luz del atardecer entrando por las ventanas, Miguel se apoyó en la barra y miró a su alrededor. Las mesas de madera oscura. Las sillas que crujían. Las fotos en la pared. El mostrador de mármol con sus marcas de miles de tazas.

Nada había cambiado. Y ese era exactamente el punto.

Mañana abriría a las siete. Encendería la cafetera. Pondría los periódicos en la barra. Don Ramón llegaría a las siete y cuarto. Y el café de la esquina seguiría siendo lo que siempre había sido: el lugar donde el barrio se encontraba consigo mismo.

Apagó las luces y cerró la puerta. En el cristal, alguien había pegado uno de los carteles de Clara: "SALVEMOS LA ESQUINA. " Miguel lo dejó donde estaba.

No era un cartel de protesta. Era un recordatorio. Los lugares que importan solo sobreviven si la gente decide que importen.