La carta
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Miguel estaba limpiando detrás del mostrador cuando encontró la carta. Estaba metida en una grieta entre la pared y el armario de los vasos, en un sobre amarillento que el tiempo había vuelto casi transparente. La tinta de la dirección estaba borrosa, pero todavía se podía leer:
"Para Carmen Vázquez. Calle de la Paloma, 14, 3º izquierda. Madrid. "
No tenía remitente. No tenía sello. Nunca había sido enviada.
Miguel miró el sobre con curiosidad. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí escondido? El armario era viejo, de la época de su padre. Quizás la carta llevaba décadas esperando en esa grieta.
La abrió con cuidado. El papel era fino, casi transparente, y la letra era elegante, de esas que ya nadie escribe. Estaba fechada el 15 de abril de 1978.
*Querida Carmen:*
*Te escribo esta carta porque no me atrevo a decirte estas cosas en persona. Ya sabes que nunca he sido bueno con las palabras habladas. Las escribo mejor, o al menos eso creo. *
*Mañana te vas a Barcelona. Lo sé desde hace un mes, pero cada día que pasa me resulta más difícil aceptarlo. No quiero que pienses que intento retenerte. Sé que tienes que irte. El trabajo en el hospital es una oportunidad que no puedes rechazar, y serías la mejor doctora que Barcelona haya tenido. *
*Pero necesito que sepas lo que siento antes de que te vayas, porque si no te lo digo ahora, no te lo diré nunca. *
*Estos dos años en los que has venido al café todas las tardes han sido los mejores de mi vida. Al principio eras solo una cliente más, la chica que pedía un café con leche y estudiaba durante horas. Pero poco a poco te convertiste en la razón por la que me gustaba abrir el café por las tardes. *
*Nunca te lo dije. Cada día me prometía que al día siguiente te lo diría, y al día siguiente me prometía lo mismo. Siempre mañana. Siempre después. *
*Y ahora mañana ya no hay mañana. Mañana te vas. *
*No te pido que te quedes. No te pido nada. Solo necesitaba que estas palabras existieran en algún sitio que no fuera solo mi cabeza. *
*Te deseo lo mejor, Carmen. Siempre. *
*Antonio. *
Miguel se sentó en un taburete detrás de la barra. Antonio era su padre. Murió hacía diez años, un martes por la mañana, justo después de abrir el café. Como si hubiera esperado a encender la cafetera una última vez.
Su padre nunca le habló de ninguna Carmen. En los treinta años que trabajaron juntos en el café, su padre fue un hombre tranquilo, amable, que hablaba poco de sí mismo. Se casó con la madre de Miguel, Elena, y tuvieron un matrimonio correcto, sin grandes dramas ni grandes pasiones. Elena murió antes que Antonio, de una enfermedad larga.
Miguel siempre pensó que su padre era un hombre simple con una vida simple. Ahora tenía en las manos la prueba de que no era así. Su padre había amado a alguien. Había escrito una carta de amor. Y no la había enviado.
¿Por qué? ¿Tuvo miedo? ¿Cambió de opinión? ¿O simplemente no encontró el valor en el momento decisivo?
Miguel pasó los días siguientes pensando en la carta. Buscó el nombre en internet: "Carmen Vázquez, doctora, Barcelona. " Encontró a una doctora Carmen Vázquez que había sido jefa de servicio en un hospital de Barcelona durante treinta años. Se jubiló en 2010. No encontró más información.
Le preguntó a Don Ramón, que conocía el barrio desde siempre.
—¿Te acuerdas de una Carmen Vázquez que vivía en la calle de la Paloma?
Don Ramón pensó un momento.
—Carmen... Sí, creo que sí. Una chica joven, estudiante de medicina. Venía mucho por aquí en los setenta. Era amiga de tu padre, ¿no? Siempre estaban hablando en el café. Un día desapareció. Creo que se fue a Barcelona.
—¿Sabes si mi padre y ella... tuvieron algo?
—Tu padre nunca dijo nada. Pero yo siempre pensé que la miraba de una forma especial. ¿Por qué lo preguntas?
Miguel le enseñó la carta. Don Ramón la leyó en silencio. Cuando terminó, se quitó las gafas y se las limpió con el pañuelo.
—Tu padre era un buen hombre, pero era cobarde con los sentimientos. Como muchos de su generación.
—¿Crees que debería intentar encontrarla? ¿Enviarle la carta?
—Han pasado casi cincuenta años, Miguel. ¿Qué sentido tendría?
—No lo sé. Pero esta carta necesitaba ser leída por alguien. Y creo que ese alguien es Carmen, no yo.
Don Ramón se quedó pensando.
—Haz lo que creas que tu padre habría querido. No lo que habría hecho, sino lo que habría querido.
Miguel buscó durante dos semanas. Llamó al hospital de Barcelona, buscó en redes sociales, preguntó a antiguos vecinos del barrio. Finalmente, un antiguo compañero de universidad de Carmen le dio su dirección actual: vivía en un pueblo de la costa catalana.
Miguel le escribió una carta propia:
*Estimada Carmen: Me llamo Miguel y soy el hijo de Antonio, el dueño del café de la esquina de Lavapiés. Mi padre falleció hace diez años. He encontrado esta carta entre sus cosas. Creo que le habría gustado que llegara a sus manos, aunque sea con medio siglo de retraso. Espero que no le moleste recibirla. *
Envió las dos cartas juntas. No esperaba respuesta.
Tres semanas después, una mujer de unos setenta años entró en el café. Tenía el pelo blanco, los ojos vivos y llevaba un sobre en la mano: el sobre de Miguel.
—¿Eres Miguel? ¿El hijo de Antonio?
—Sí.
Carmen se sentó en la barra. Pidió un café con leche. Miró a su alrededor como si estuviera reconociendo un lugar que recordaba de otra vida.
—Este café no ha cambiado nada —dijo, con una sonrisa que tenía algo de triste.
—Intento que no cambie.
Carmen sacó la carta de Antonio del sobre. La había leído muchas veces; se notaba en los pliegues del papel.
—¿Sabes? Yo también lo quería. Nunca se lo dije. Pensé que él no sentía lo mismo. Me fui a Barcelona pensando que no le importaba.
Se quedaron un momento en silencio. El café hacía su ruido habitual: el zumbido de la cafetera, el tintineo de las cucharillas, las voces de los clientes.
—¿Fue feliz? —preguntó Carmen.
—Creo que sí. A su manera.
—Yo también fui feliz. A mi manera.
Carmen terminó su café. Antes de irse, sacó algo de su bolso: una fotografía vieja. Eran dos jóvenes sentados en la barra de un café. El chico tenía bigote y una sonrisa tímida. La chica tenía los ojos brillantes y un libro de medicina en las manos.
—Era aquí. En esta misma barra. Mil novecientos setenta y seis. Tu padre me hizo el mejor café que he tomado en mi vida.
Miguel cogió la foto. Reconoció a su padre inmediatamente: la misma sonrisa que le vio cada mañana durante treinta años.
—Quédatela —dijo Carmen—. Pertenece a este lugar.
Miguel puso la foto en la pared, junto a las otras. No le puso nombre ni fecha. No hacía falta. Era simplemente la historia de dos personas que se quisieron y no se lo dijeron a tiempo.
Carmen volvió a su pueblo. No volvieron a verse. Pero a veces, los domingos por la mañana, Miguel recibía una postal de la costa catalana. Nunca decía mucho. Solo: "Buenos días, Miguel. Hoy me he tomado un café y he recordado a tu padre. "
Y Miguel pensaba que, al final, la carta sí había llegado. Con cincuenta años de retraso, pero había llegado. Y que a veces las cosas que más importan necesitan exactamente el tiempo que necesitan.