Dos mesas de distancia
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Andrés llevaba seis meses yendo al café de Don Miguel. Siempre pedía lo mismo: un café solo y un cruasán. Siempre se sentaba en la misma mesa: la segunda a la derecha, cerca de la puerta. Y siempre miraba, disimuladamente, hacia la tercera mesa a la izquierda.
En esa mesa se sentaba Clara.
Clara también llevaba meses viniendo al café. Llegaba siempre unos diez minutos después que Andrés. Pedía un té con limón y un trozo de bizcocho. Sacaba un libro, lo abría y leía. O fingía leer, porque a veces sus ojos se desviaban hacia la segunda mesa a la derecha, donde un chico con gafas bebía café y miraba por la ventana.
Miguel lo sabía todo. Desde detrás de la barra, veía lo que sus clientes no se atrevían a ver en sí mismos. Veía cómo Andrés se ponía recto cuando Clara entraba. Veía cómo Clara se tocaba el pelo cuando sabía que Andrés la miraba. Veía las miradas furtivas, los casi-contactos, los silencios cargados de cosas no dichas.
—Es ridículo —le dijo Miguel a Pilar, la de la mercería, un día que Clara y Andrés estaban especialmente obvios—. Llevan meses así. Dos mesas de distancia y ninguno dice nada.
—No te metas —dijo Pilar—. Las cosas del amor tienen su propio tiempo.
—A este paso se jubilarán antes de presentarse.
Andrés trabajaba como diseñador gráfico. Trabajaba desde casa, y el café de Miguel era su forma de salir al mundo y sentirse parte de algo. Antes de descubrir este café, pasaba días enteros sin hablar con nadie. La soledad de trabajar solo lo estaba consumiendo.
Había visto a Clara el primer día que vino al café. Ella estaba leyendo una novela de García Márquez y llevaba un pañuelo verde en el pelo. Andrés quiso decirle algo sobre el libro —era su autor favorito— pero no se atrevió. No era tímido exactamente, sino que tenía miedo de romper algo perfecto. Mientras no le hablara, podía imaginar cualquier cosa. Si le hablaba, la realidad podría ser decepcionante.
Clara, por su parte, había notado a Andrés desde el principio. Le gustaba su forma de mirar por la ventana, como si estuviera viendo algo que los demás no podían ver. Le gustaba que siempre tuviera un cuaderno con bocetos. Una vez, cuando él fue al baño, Clara se asomó a la mesa y vio un dibujo del café, con sus mesas y sus sillas y la silueta de Miguel detrás de la barra. Era precioso.
Quería decírselo, pero ¿cómo empezar? "Hola, he espiado tus dibujos cuando has ido al baño" no parecía un buen comienzo.
Las semanas pasaban. Los dos venían al café, se sentaban a dos mesas de distancia y compartían el mismo silencio. A veces sus ojos se cruzaban y los dos miraban rápidamente hacia otro lado. Era como un baile torpe donde nadie sabía los pasos.
Un jueves de noviembre, llovía mucho. Andrés llegó al café empapado. Se sentó en su mesa, pero su cruasán se le cayó al suelo cuando estaba quitándose la chaqueta mojada.
—Maldita sea —murmuró.
Miguel ya le estaba preparando otro, pero antes de que llegara, Clara se levantó de su mesa.
—Toma —dijo, ofreciéndole su trozo de bizcocho—. No es un cruasán, pero está bueno.
Andrés la miró. Era la primera vez que se hablaban directamente. De cerca, sus ojos eran más oscuros de lo que parecían a dos mesas de distancia.
—No puedo aceptarlo. Es tu desayuno.
—Puedo pedir otro. ¿Te importa si me siento?
Andrés tragó saliva.
—Claro. Sí. Por favor.
Clara se sentó enfrente de él. Había un silencio, pero no era incómodo. Era el tipo de silencio que existe entre dos personas que llevan mucho tiempo queriendo hablar y no saben por dónde empezar.
—Me llamo Clara.
—Andrés.
—Lo sé. Miguel dice tu nombre cuando preparar tu café.
—¿Tú también sabes el mío?
—"Un té con limón para Clara. " Todos los días.
Los dos se rieron. La tensión de seis meses se deshizo en dos minutos.
—He visto tus dibujos —confesó Clara—. Una vez. Cuando fuiste al baño. Perdona, sé que no debería...
—¿Te han gustado?
—El del café es precioso. Has dibujado hasta la grieta del techo.
—Es que paso mucho tiempo mirándolo —dijo Andrés, y los dos entendieron lo que realmente quería decir.
Hablaron durante una hora. Andrés descubrió que Clara trabajaba como traductora de francés y que le gustaban los mismos autores que a él. Clara descubrió que Andrés tenía un sentido del humor seco y una risa contagiosa que hacía temblar un poco las tazas de la mesa.
Desde la barra, Miguel los observaba con una sonrisa que intentaba disimular. Pilar entró en ese momento y se sentó en un taburete.
—¿Son esos dos? ¿Los que llevan meses sin hablarse? —susurró Pilar.
—Los mismos.
—Ya era hora.
Cuando Clara se levantó para irse, Andrés la acompañó a la puerta. Habían dejado de llover.
—¿Vienes mañana? —preguntó Andrés.
—Vengo todos los días —dijo Clara.
—Lo sé. Pero mañana me gustaría que te sentaras en mi mesa. Si quieres.
Clara sonrió.
—Llevo seis meses esperando que me lo pidas.
Al día siguiente, por primera vez en seis meses, la tercera mesa a la izquierda estaba vacía. Clara estaba sentada en la segunda a la derecha, enfrente de Andrés. Compartían un cruasán y un trozo de bizcocho.
Miguel puso sus cafés en la mesa sin decir nada. No hacía falta. Algunas historias no necesitan palabras. Solo necesitan dos mesas que se conviertan en una.