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B1 - Intermediate subjunctive conditional past tense (preterite) past tense (imperfect) hobbies emotions work

La escritora

M
752 words · Key vocabulary
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Isabel llegaba al café de Don Miguel todas las mañanas a las nueve en punto. Se sentaba siempre en la mesa del fondo, la que estaba al lado de la estantería con libros viejos que nadie leía. Pedía un café con leche, sacaba su portátil y escribía. O, más exactamente, intentaba escribir.

Isabel era escritora. Había publicado una novela hacía cinco años que tuvo cierto éxito: la reseñaron bien, vendió unos miles de ejemplares y le permitió dejar su trabajo como profesora de literatura durante un año. Pero desde entonces no había terminado nada. Llevaba tres años trabajando en una segunda novela y no avanzaba.

El problema no era que no tuviera ideas. El problema era que ninguna idea le parecía suficiente. Escribía veinte páginas, las releía y las borraba. Empezaba de nuevo. Escribía treinta páginas y las borraba otra vez. Su editor la llamaba cada dos meses preguntando cómo iba el manuscrito.

—Necesito más tiempo —decía Isabel cada vez.

Pero no era tiempo lo que necesitaba. Era algo más, algo que no sabía nombrar.

Miguel la observaba desde la barra sin decir nada. Conocía bien esa mirada que tenía Isabel por las mañanas: una mezcla de determinación y miedo. La misma mirada que tenía un torero antes de salir a la arena, pensaba Miguel, aunque él nunca le diría algo así.

Un miércoles, Isabel llegó más temprano de lo habitual. Eran las ocho y media. Se sentó en su mesa, abrió el portátil y se quedó mirando la pantalla en blanco. Después de diez minutos, lo cerró.

—Miguel, ¿puedo hacerte una pregunta rara?

—Todas las preguntas son raras a las ocho y media de la mañana. Adelante.

—¿Por qué abriste este café? ¿Por qué dedicas tu vida a esto?

Miguel dejó el trapo con el que estaba limpiando y pensó un momento.

—No lo abrí yo. Lo abrió mi abuelo. Pero si me preguntas por qué sigo aquí... Supongo que es porque cada mañana, cuando enciendo la cafetera, siento que las cosas tienen sentido. No necesito que sean extraordinarias. Solo necesito que sean reales.

Isabel lo miró fijamente.

—¿Nunca quisiste hacer otra cosa?

—Claro. Cuando era joven quería ser músico. Tocaba la guitarra en un grupo de rock. Éramos malísimos, pero nos lo pasábamos bien. Un día mi padre se puso enfermo y tuve que hacerme cargo del café. Al principio me parecía una cárcel. Después, poco a poco, me di cuenta de que era exactamente donde tenía que estar.

—¿Cómo lo supiste?

—Porque dejé de desear estar en otro sitio.

Isabel volvió a su mesa. Abrió el portátil. Pero esta vez no intentó escribir su novela. En vez de eso, escribió algo diferente. Escribió sobre un hombre que heredaba un café de su padre. Un hombre que quería ser músico pero acabó sirviendo cortados. Un hombre que encontró su lugar en el mundo detrás de un mostrador de mármol.

Escribió sin parar durante tres horas. No borró nada. Las palabras salían como si hubieran estado esperando dentro de ella, necesitando solo una puerta por la que salir.

Cuando terminó, tenía veinte páginas. El primer capítulo de algo que se sentía verdadero. Lo leyó de principio a fin y, por primera vez en tres años, no quiso borrarlo.

Se acercó a la barra.

—Miguel, creo que he encontrado la historia.

—¿Qué historia?

—Mi novela. Va a tratar de este café. De ti. De las personas que vienen aquí. De este barrio. ¿Te importaría que escribiera sobre ti?

Miguel se encogió de hombros.

—¿Quién querría leer sobre un viejo que hace café?

—Yo creo que mucha gente —dijo Isabel—. Necesito que sepas que me has ayudado. Lo que has dicho esta mañana sobre las cosas reales... Era justo lo que necesitaba oír.

—Yo no he dicho nada especial.

—Por eso fue especial.

Isabel recogió sus cosas. Antes de irse, se giró.

—Miguel, ¿puedo pedirte un favor? Si algún día quiero borrar lo que he escrito hoy, recuérdame esta conversación. Recuérdame que a veces las historias más importantes son las más silenciosas.

Miguel asintió.

—Estaré aquí. Como todos los días.

Isabel se fue con una sonrisa que Miguel no le había visto en meses. Don Ramón, desde su rincón, levantó la vista del periódico.

—¿Qué le has dicho?

—Nada. Solo le he contado la verdad.

—La verdad es la mejor historia —dijo Don Ramón, y volvió a su periódico.

Miguel sonrió y siguió limpiando la barra. La cafetera hizo su ruido habitual: un zumbido seguido de un suspiro. Todo estaba en su sitio.