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B1 - Intermediate subjunctive conditional past tense (preterite) past tense (imperfect) future travel emotions hobbies

Dos caminos, un café

M
1125 words · Key vocabulary
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Habían pasado seis meses desde que Tomás llegó a São Paulo. Vivía en un departamento pequeño cerca de la universidad, con vista a una calle empinada llena de árboles. Todas las mañanas caminaba al campus a través de un parque donde los monos tití saltaban entre las ramas. Cada vez que los veía, pensaba: "Esto es real. Estoy aquí de verdad. "

El programa de biología marina era todo lo que había soñado y más. Estudiaba la migración de las ballenas jorobadas por la costa brasileña. Pasaba semanas en barcos de investigación, observando cómo las ballenas emergían del agua con una gracia que parecía imposible para un animal de cuarenta toneladas. La primera vez que vio una ballena saltar a pocos metros del barco, lloró. No de tristeza, sino de esa emoción que sientes cuando la realidad supera lo que habías imaginado.

Su padre estaba bien. La operación fue un éxito y, contra todo pronóstico, se recuperó rápido. La panadería seguía abierta: su padre había contratado a un ayudante, un joven venezolano llamado Luis que aprendió a hacer medialunas en dos semanas.

—No son tan buenas como las tuyas —le dijo su padre por teléfono—. Pero el pibe tiene ganas. Me recuerda a vos cuando empezaste.

Su padre lo llamaba todos los domingos. Nunca mencionó la beca con resentimiento. A veces le preguntaba por las ballenas. Una vez le pidió que le mandara una foto.

—¿Del mar?

—De una ballena, nabo. Quiero ver qué es eso que te gusta tanto.

Tomás le mandó una foto de una ballena madre con su cría. Su padre no contestó durante un día. Después mandó un mensaje: "Se parece a tu madre. Los ojos. "

Tomás leyó el mensaje tres veces. Era lo más tierno que su padre le había dicho en años.

Daniela, mientras tanto, había dejado de sobrevivir y empezado a vivir. Después del artículo en la prensa, vinieron más encargos. Una galería de la colonia San Rafael le ofreció una exposición permanente. Sus cuadros —paisajes de volcanes, escenas de la calle, retratos de perros callejeros— empezaron a venderse con regularidad. No era rica, pero pagaba la renta y compraba pintura sin contar cada peso.

Lo más importante no era el dinero. Era la sensación de despertarse cada mañana y saber que el día iba a estar lleno de colores. De decisiones que eran suyas. De errores que eran suyos también.

Un miércoles de junio, en su videollamada semanal, Daniela le dijo a Tomás:

—Voy a ir a São Paulo.

—¿En serio?

—La galería quiere que presente mis cuadros en una feria de arte en São Paulo. Es en agosto. Puedo quedarme unos días después.

—Daniela, eso es increíble. Tengo que llevarte a Santos. Es un puerto desde donde salen los barcos de investigación. A veces se ven las ballenas desde la costa.

Daniela llegó a São Paulo un viernes de agosto. Esta vez, en el aeropuerto, no hubo dudas sobre cómo saludarse. Se abrazaron como dos personas que sabían exactamente lo que significaban la una para la otra.

Tomás la llevó a conocer su vida en São Paulo. Le enseñó la universidad, el laboratorio donde analizaba muestras de agua, la cafetería donde desayunaba todas las mañanas.

—Es más pequeña que tu vida en México —dijo Tomás—. Pero me gusta.

—No es más pequeña. Es más enfocada. Que es diferente.

El sábado fueron a Santos. Tomás había pedido permiso para llevar a Daniela en uno de los barcos de observación. Salieron al amanecer. El mar estaba en calma y el sol pintaba el agua de naranja y rosa.

Daniela, que nunca había estado en un barco, se agarró a la barandilla con fuerza durante la primera hora.

—Si vomito, no me juzgues —dijo.

—No prometo nada —dijo Tomás, riéndose.

A las diez de la mañana, el biólogo que dirigía la expedición señaló hacia el horizonte.

—Ahí. A las dos en punto.

Tomás le pasó los prismáticos a Daniela. A doscientos metros, una ballena jorobada emergió del agua. Subió lentamente, como si el océano estuviera exhalandola, y después se dejó caer de lado, levantando una columna de agua que brilló con el sol.

Daniela bajó los prismáticos. Tenía los ojos muy abiertos.

—Tomás —susurró—. Ahora entiendo.

—¿Qué entiendes?

—Todo. Entiendo por qué dejaste la panadería. Por qué necesitabas venir aquí. Esto es... no hay palabras.

—No las necesitas. Tú puedes pintarlo.

Daniela lo miró con una expresión que Tomás no olvidaría nunca: una mezcla de asombro, gratitud y algo más profundo que ninguno de los dos sabía nombrar todavía.

Esa noche, en un restaurante del puerto de Santos, pidieron pescado a la parrilla y cerveza. El restaurante estaba en un muelle, con las mesas sobre tablas de madera y el sonido del mar debajo.

—¿Te acuerdas de nuestra primera videollamada? —dijo Daniela—. La plataforma nos emparejó por error.

—El mejor error de mi vida —dijo Tomás.

—Yo estaba borracha y furiosa con mi jefe.

—Yo estaba triste y escondido en mi cuarto.

—Y ahora estamos aquí. En un muelle en Brasil. Tú estudiando ballenas. Yo exponiendo cuadros. Ninguno de los dos haciendo lo que se suponía que tenía que hacer.

—Haciendo exactamente lo que teníamos que hacer.

Se quedaron un momento en silencio, mirando el mar oscuro. Las luces del puerto se reflejaban en el agua como estrellas caídas.

—Tomás, ¿puedo decirte algo?

—Siempre.

—Creo que lo más valiente que he hecho en mi vida no fue dejar mi trabajo. Ni hacer la exposición en el departamento de Sofía. Lo más valiente fue contestar esa videollamada. Porque al hacerlo, acepté que necesitaba a alguien. Y yo siempre pensé que necesitar a alguien era una debilidad.

—¿Y ahora?

—Ahora pienso que es lo contrario. Confiar en alguien es el acto más valiente que existe.

Tomás la miró. A dos metros de distancia, en persona, sin pantalla, sin cinco mil kilómetros de por medio. La misma Daniela de siempre. Más real que nunca.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre una ballena que nada y una ballena que salta? —dijo Tomás.

—Dime, biólogo.

—Ninguna. Es la misma ballena. Solo que a veces decide salir del agua y ver qué hay arriba.

—¿Y qué hay arriba?

—El aire. El sol. Lo desconocido. Todo lo que no puedes ver desde abajo.

Daniela sonrió.

—Somos esa ballena.

—Seguimos siendo esa ballena —dijo Tomás, recordando la acuarela que Daniela le regaló en México, la que colgaba ahora en la pared de su departamento en São Paulo.

Brindaron con la cerveza.

—Por los dos caminos —dijo Daniela.

—Que a veces se cruzan —dijo Tomás.

—Y cuando se cruzan —dijo Daniela—, cambian de dirección para siempre.

El mar se movía debajo de ellos, oscuro e infinito, lleno de ballenas que en ese momento estaban decidiendo si nadar o saltar.