El club de lectura más honesto del mundo
Enrique
Mexico
Melanie
Argentina
El club de lectura se reunía cada jueves en la biblioteca municipal, en una sala estrecha que olía a café viejo y a papel polvoriento. Había comenzado tres meses atrás con grandes ilusiones: seis personas que querían compartir su amor por la literatura. El problema era que ninguno había terminado de leer ni un solo libro.... Carmen, la organizadora del grupo, tenía cuarenta y cinco años y una colección impresionante de marcadores de páginas. Cada semana llegaba con un marcador nuevo en la página doce del libro asignado. Siempre había tenido la intención de leer más, pero la vida se ponía de acuerdo con su pereza para impedírselo.
—Bueno —dijo Carmen aquel jueves, ajustándose las gafas—. ¿Quién quiere empezar a hablar sobre "Cien años de soledad"?
Hubo un silencio incómodo. Javier, un profesor de matemáticas jubilado, carraspeó.
—Yo llegué hasta la página veintitrés —anunció con orgullo—. Los nombres me confundieron un poco. Demasiados Aurelianos.
—Yo ni siquiera abrí el libro —confesó Lucía, una estudiante universitaria—. Pero vi la serie en Netflix. ¿Eso cuenta?
Carmen suspiró. No era la primera vez que pasaba esto. La semana anterior habían intentado discutir "Don Quijote" y terminaron hablando de molinos de viento reales que habían visto en viajes. Dos semanas antes, cuando tocaba "La sombra del viento", pasaron toda la hora debatiendo si Barcelona era mejor que Madrid para las vacaciones.
—Miren —dijo Carmen finalmente—, creo que tengamos que ser honestos con nosotros mismos.
—¿Honestos sobre qué? —preguntó Roberto, un ingeniero que siempre traía galletas.
—Sobre el hecho de que no nos gusta leer —dijo Carmen—. O al menos, no nos gusta leer libros largos que otra persona eligió por nosotros.
Todos se miraron entre sí. Era verdad, pero nadie había querido admitirlo. Habían formado un club de lectura porque sonaba intelectual, porque era algo que la gente interesante hacía. Pero la realidad era diferente.
—A mí me gustan los libros de cocina —admitió Marta tímidamente—. Nunca cocino las recetas, pero me gusta leerlas.
—Yo solo leo artículos de internet —confesó Javier—. Artículos cortos sobre cosas extrañas. ¿Sabían que en Japón hay un hotel atendido completamente por robots?
—Ojalá hubiera un club para gente que finge leer —dijo Lucía, riéndose.
Carmen miró a su alrededor. Todos parecían aliviados de haber confesado la verdad. Entonces tuvo una idea brillante.
—¿Y si cambiamos las reglas? —propuso—. En lugar de fingir que leemos libros enteros, ¿por qué no compartimos cosas que realmente leímos esta semana? Artículos, recetas, memes largos... lo que sea.
La propuesta fue recibida con entusiasmo. Roberto sugirió que siguieran trayendo café y galletas, porque esa era la mejor parte de las reuniones.
—No creo que esto sea exactamente lo que la gente imagina cuando piensa en un club de lectura —dijo Javier.
—No —admitió Carmen—, pero al menos será honesto.
Y así, el club de lectura más honesto del mundo siguió reuniéndose cada jueves, ya sin la presión de terminar novelas de quinientas páginas, pero con mucha más sinceridad y galletas de chocolate.
Comprehension check
1¿Cuál era el problema principal del club de lectura?
2¿Cómo cambiaron las reglas del club al final?
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