El encuentro
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Tomás nunca había estado en México. Cuando el avión aterrizó en Ciudad de México, miró por la ventanilla y vio una ciudad que se extendía hasta donde alcanzaba la vista: edificios, montañas, una neblina amarillenta que lo cubría todo. Era más grande que cualquier cosa que hubiera imaginado.
Tenía un congreso de biología marina en la UNAM. Le habían dado la beca — la carta de aceptación llegó en marzo, tres meses después de enviar la solicitud. Empezaría en São Paulo en agosto. Pero antes del congreso, antes de Brasil, antes de todo lo que venía, quería conocer a Daniela en persona.
Habían hablado por videollamada durante ocho meses. Todas las semanas, sin faltar ni una. Habían compartido miedos, sueños, fracasos, victorias pequeñas. Tomás sentía que Daniela lo conocía mejor que nadie en su vida. Pero nunca se habían visto en persona. Y eso lo ponía nervioso.
¿Y si en persona era diferente? ¿Y si la conexión que sentían a través de la pantalla no sobrevivía a la distancia de dos metros?
Daniela estaba esperándolo en la salida del aeropuerto. La reconoció inmediatamente: el pelo rizado, los aretes grandes, la chamarra de mezclilla que aparecía en todas sus videollamadas. Pero en persona era distinta. Más real. Más presente.
Se miraron un momento sin saber qué hacer. ¿Se abrazaban? ¿Se daban la mano? ¿Cuál era el protocolo para conocer en persona a alguien que ya conocías de otra forma?
Daniela resolvió el dilema abrazándolo. Fue un abrazo largo, de esos que dicen más que cualquier conversación.
—Eres más alto de lo que pensaba —dijo Daniela.
—Y tú eres más bajita —dijo Tomás.
Se rieron. La tensión desapareció.
Daniela lo llevó en su coche por la ciudad. Le enseñó la colonia Roma, con sus edificios art déco y sus cafés con librerías. Le enseñó el Ángel de la Independencia, Chapultepec, los murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional.
—Esta ciudad es una locura —dijo Tomás, mirando por la ventana—. Buenos Aires es grande, pero esto...
—Veinte millones de personas —dijo Daniela—. Y cada una con una historia.
—¿Cuál es la tuya?
—¿Desde cuándo?
—Desde que colgamos la última vez. Cuéntame lo que no se ve por la pantalla.
Daniela le contó. La exposición colectiva había ido bien. Vendió dos cuadros. No era suficiente para vivir, pero fue suficiente para creer. Después vinieron tres meses sin vender nada. Se acabaron los ahorros. Tuvo que dar clases particulares de diseño para pagar la renta. Hubo noches en las que pensó que había cometido un error terrible.
—Pero no volví a la agencia —dijo—. Eso fue lo que me salvó. Cada mañana me despertaba y pensaba: al menos estoy haciendo lo que quiero.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo una exposición individual en una galería pequeña de la colonia Condesa. Es en dos semanas. Estoy pintando como nunca. Me siento viva, Tomás. Asustada, pero viva.
—Aterrada y viva. Nuestra condición permanente.
Fueron a cenar a una taquería que Daniela conocía en la colonia Narvarte. Era un lugar pequeño y ruidoso, con mesas de plástico y una señora que hacía las tortillas a mano. Tomás probó los tacos al pastor por primera vez.
—Esto es... no tengo palabras —dijo Tomás, con salsa verde cayéndole por la barbilla.
—Bienvenido a México —dijo Daniela, riéndose.
Después de cenar, caminaron por las calles de la Roma. La noche era fresca y las aceras estaban llenas de gente. Pasaron por un bar que tenía las puertas abiertas y música en vivo. Entraron.
Se sentaron en una mesa del fondo y pidieron mezcal. Tomás nunca había probado el mezcal.
—Esto es como tomar un incendio —dijo, tosiendo.
—El segundo trago es mejor —dijo Daniela—. Confía en mí.
Hablaron de todo lo que no se habían dicho por videollamada. De las cosas que son más fáciles de decir en persona, mirándose a los ojos, sin una pantalla de por medio.
—¿Sabes qué es lo que más me sorprende? —dijo Tomás—. Que eres exactamente como pensaba. No hay diferencia entre la Daniela de la pantalla y la de aquí.
—Sí la hay —dijo Daniela—. La de aquí puede robarte un taco del plato.
Se rieron. Pero Tomás hablaba en serio. Había temido que la realidad deshiciera lo que la distancia había construido. En cambio, la realidad lo confirmaba.
Brindaron con el segundo mezcal.
—Por los caminos que tomamos —dijo Daniela.
—Por los que todavía no hemos tomado —dijo Tomás.
A medianoche, Daniela lo dejó en su hotel. Antes de irse, le dio un cuadro pequeño que llevaba en el asiento trasero del coche: una acuarela de una ballena jorobada saltando sobre un mar de colores.
—Lo pinté para ti. Es una ballena, obviamente. Pero también es un salto.
Tomás miró el cuadro. La ballena estaba suspendida en el aire, entre el mar y el cielo, en ese instante exacto en el que ya ha dejado el agua pero todavía no ha decidido hacia dónde caer.
—Somos esa ballena —dijo Tomás—. En el aire. Sin saber dónde vamos a caer.
—Pero saltando —dijo Daniela—. Lo importante es que estamos saltando.