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El mercadillo del domingo

M
421 words · Key vocabulary
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El segundo domingo en Barcelona, Ana llamó a la puerta de Carlos a las diez de la mañana.

—¡Carlos! ¿Estás despierto? Hoy te llevo al mercadillo del barrio. Tienes que conocerlo.

Carlos estaba todavía en pijama, pero se vistió rápido. Tenía curiosidad. En Bogotá también había mercados callejeros y le gustaban mucho.

El mercadillo estaba en una plaza pequeña a cinco minutos de su edificio. Había puestos de fruta, verdura, queso, pan, ropa y antigüedades. El ambiente era increíble: gente hablando, niños corriendo, músicos tocando.

—Este mercadillo lleva aquí más de treinta años —explicó Ana—. Viene gente de todo el barrio.

Primero fueron al puesto de fruta. El vendedor, un señor mayor con un sombrero de paja, conocía a Ana.

—¡Ana! ¿Quién es tu amigo?

—Este es Carlos. Es mi nuevo vecino. Viene de Colombia.

—¡Bienvenido! Prueba estas naranjas. Son de Valencia, las mejores del mundo.

Carlos probó una naranja. Estaba dulce y fresca. En Colombia las naranjas eran diferentes, más pequeñas y más ácidas.

—Están buenísimas —dijo Carlos.

Después, Ana lo llevó al puesto de queso y jamón. Carlos nunca había probado el jamón ibérico. El vendedor cortó una loncha fina.

—Prueba esto, colombiano. Esto es jamón de bellota.

Carlos lo probó y se sorprendió. El sabor era increíble, completamente diferente a todo lo que conocía.

—¡Madre mía! —dijo Carlos—. En Colombia tenemos muchas cosas buenas, pero este jamón...

Ana se rio.

—Ahora entiendes por qué los españoles estamos tan orgullosos del jamón.

Compraron aceitunas, pan artesano, tomates y un trozo de queso manchego. Carlos también compró fresas porque le recordaban a las que comía en casa de su abuela en el campo.

En un puesto de antigüedades, Carlos encontró un disco de vinejo de Carlos Gardel.

—¡No me lo puedo creer! Mi abuelo escuchaba a Gardel todos los domingos.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó Ana al vendedor.

—Cinco euros.

—Eso es mucho. Te doy tres —dijo Ana.

—¡Ana! ¿Se puede regatear aquí? —susurró Carlos, sorprendido.

—Claro, es la costumbre en los mercadillos. ¡Siempre se regatea!

El vendedor aceptó cuatro euros. Carlos compró el disco, encantado.

Volvieron a casa con las bolsas llenas. Prepararon un desayuno tardío en el balcón de Carlos: pan con tomate, queso, jamón y café. Mientras comían, Carlos puso el disco de Gardel en un reproductor viejo que Ana tenía.

—Echo de menos a mi familia —dijo Carlos, escuchando la música—. Pero hoy me siento un poco como en casa.

Ana sonrió.

—Barcelona es así. Al principio es nueva y diferente, pero pronto se convierte en tu casa.