El partido
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A Lucía le encantaba el fútbol. Elena y Patricia no entendían nada de fútbol, pero cuando Lucía las invitó a ver un partido del Valencia CF, dijeron que sí.
—Va a ser divertido —dijo Lucía—. No tenéis que entender las reglas. Solo tenéis que gritar.
—¿Gritar? Eso se me da muy bien —dijo Patricia.
Era un sábado de noviembre y jugaban contra el Sevilla. Lucía dijo que era un partido importante.
—Si ganamos hoy, subimos en la clasificación. ¡Es fundamental!
Elena y Patricia no sabían qué significaba "subir en la clasificación," pero la emoción de Lucía era contagiosa.
Llegaron al estadio de Mestalla a las siete. Lucía llevaba la bufanda del Valencia y estaba más emocionada que nunca. Compró tres bufandas más.
—Poneos esto —les dijo a Elena y Patricia—. Ahora sois del Valencia.
—Pero yo soy del Real Madrid... —empezó Patricia.
—Hoy no —dijo Lucía—. Hoy eres del Valencia.
El estadio estaba lleno. Había más de treinta mil personas. Elena nunca había visto tanta gente junta en un sitio. El ruido era impresionante.
—Esto es más ruidoso que un concierto —le dijo Elena a Patricia, gritando para que la oyera.
El partido empezó y Lucía se transformó. Gritaba a los jugadores, aplaudía, saltaba, se sentaba, se levantaba. Elena y Patricia la miraban sin entender muy bien lo que pasaba en el campo.
—¿Por qué gritas? —preguntó Elena.
—¡Porque el delantero tenía que pasar la pelota y no la ha pasado! ¡Es obvio!
En el minuto treinta, un jugador del Sevilla empujó a un jugador del Valencia dentro del área.
—¡PENALTI! ¡ESO ES PENALTI! —gritó Lucía, poniéndose de pie.
El árbitro no pitó penalti. Lucía estaba furiosa.
—¡Ese árbitro es el peor del mundo! ¡Eso era falta clarísima!
—Lucía, no lo he visto bien... —dijo Elena.
—¡Era penalti! ¿Estás ciega? —dijo Lucía, pero después se rio—. Perdón. Me pongo un poco intensa con el fútbol.
—¿Un poco? —dijo Patricia, riéndose.
En la segunda parte, el Valencia marcó un gol. Lucía abrazó a Elena y a Patricia tan fuerte que casi las tira al suelo. Toda la grada gritó y cantó. Elena y Patricia gritaron también, dejándose llevar por la emoción.
—¡GOOOOL! —gritó Patricia, más fuerte que nadie.
—Creía que eras del Real Madrid —dijo Lucía.
—¡Hoy soy del Valencia! —gritó Patricia.
Pero en el minuto ochenta y cinco, el Sevilla marcó. Empate. Lucía se tapó la cara con la bufanda.
—No puede ser. No puede ser.
—Todavía quedan cinco minutos —dijo Elena, que empezaba a entender el juego.
En el último minuto, el Valencia tuvo una falta cerca del área. Lucía cogió las manos de sus amigas.
—Si marcan aquí, os invito a cenar el resto de vuestra vida.
El jugador disparó. La pelota pasó por encima del portero y entró en la portería.
El estadio explotó. Lucía lloró. Elena y Patricia saltaron abrazadas sin saber exactamente qué había pasado, pero sintiéndose las personas más felices del mundo.
—¡Hemos ganado! ¡Dos a uno! —gritó Lucía, con lágrimas en los ojos.
Salieron del estadio cantando con el resto de los aficionados. Lucía las llevó a un bar cerca del estadio donde todos los aficionados celebraban.
—¿Os ha gustado? —preguntó Lucía.
—Ha sido mejor de lo que esperaba —dijo Elena—. Mucho mejor.
—Yo quiero venir a todos los partidos —dijo Patricia—. ¿Cuándo es el próximo?
Lucía sonrió. Había convertido a sus amigas en aficionadas del fútbol en una sola noche.
—El próximo sábado. Jugamos contra el Betis. ¿Venís?
—¡Claro! —dijeron las dos juntas.