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Perdidas en el casco antiguo

M
576 words · Key vocabulary
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Patricia vino a Valencia de visita. Vivía en Madrid y no veía a Elena y Lucía desde hacía tres meses. Llegó un viernes por la noche y se quedó en casa de Elena.

El sábado, el plan era simple: pasear por el casco antiguo de Valencia y enseñarle a Patricia los sitios más bonitos.

—Yo conozco Valencia perfectamente —dijo Lucía con confianza—. No necesitamos mapa.

—Dijiste lo mismo la última vez y acabamos en un polígono industrial —le recordó Elena.

—Eso fue diferente. Era de noche. Hoy es de día, no hay problema.

Empezaron en la Plaza de la Virgen, al lado de la catedral. Patricia sacó muchas fotos. La catedral era más grande de lo que esperaba.

—Es más impresionante que la de Madrid —dijo Patricia.

—Todo en Valencia es mejor que en Madrid —dijo Lucía, bromeando.

Después entraron en las calles del casco antiguo. Las calles eran estrechas y bonitas, con balcones llenos de flores y paredes con azulejos de colores.

—Por aquí hay una plaza muy bonita con una fuente —dijo Lucía, girando a la izquierda.

Caminaron cinco minutos. No había ninguna plaza.

—Lucía, ¿estás segura? —preguntó Elena.

—Sí, sí. Es por aquí. O quizás por allí.

Giraron a la derecha, después a la izquierda, después otra vez a la derecha. Todas las calles parecían iguales: estrechas, con piedra vieja y balcones.

—Lucía, estamos perdidas —dijo Patricia.

—No estamos perdidas. Estamos... explorando.

Elena sacó su teléfono para mirar el mapa, pero no tenía batería.

—¿En serio? —dijo Elena, mirando la pantalla negra.

Lucía buscó el suyo. Tenía batería, pero no tenía datos. No había conectado el wifi del hotel.

—Estamos oficialmente perdidas —dijo Elena.

Patricia, en vez de preocuparse, se rio.

—¡Me encanta! Madrid es tan organizado que nunca me pierdo. Esto es una aventura.

Caminaron por calles que no conocían. Pasaron por un callejón con ropa tendida de un balcón a otro. Vieron un gato naranja dormido en una silla. Encontraron una tienda de cerámica donde una señora mayor pintaba platos a mano.

—Estos azulejos son más bonitos que los que venden en las tiendas turísticas —dijo Patricia, y compró dos para su madre.

Después de caminar veinte minutos más, encontraron una plaza pequeña y escondida. No era la plaza que buscaba Lucía, era otra diferente. Tenía una fuente antigua, un naranjo y una terraza con tres mesas.

—¡Esta plaza es increíble! —dijo Patricia—. ¡No sale en ninguna guía!

Se sentaron en la terraza. El camarero, un señor simpático, les trajo tres cervezas y una tapa de patatas bravas.

—¿Son turistas? —preguntó.

—Ella sí. Nosotras vivimos aquí... pero estamos un poco perdidas —admitió Elena.

El camarero se rio y les explicó cómo volver a la Plaza de la Virgen. Estaban a diez minutos.

Cuando terminaron las cervezas, Patricia tomó una foto de las tres juntas en la plaza escondida.

—Esta ha sido la mejor parte del día —dijo Patricia—. Los mejores sitios son los que descubres por accidente.

—¿Ves? —dijo Lucía—. Yo sabía lo que hacía. Perderse es el mejor plan.

Elena y Patricia se miraron y se rieron.

—Nunca más dejes que Lucía lleve el mapa —dijo Elena.

—¿Qué mapa? —dijo Lucía—. Nunca hemos tenido un mapa. Ese es el secreto.

Volvieron a casa paseando juntas, hablando de la tienda de cerámica, del gato naranja y de la plaza escondida. Patricia sacó su teléfono y escribió en el grupo de las tres: "Valencia es más bonita cuando te pierdes en ella. "