El viaje
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Patricia iba a mudarse a Londres por trabajo. Le habían ofrecido un puesto en una empresa de marketing y era una oportunidad que no podía rechazar. Se iba en dos semanas.
Elena y Lucía lo sabían desde hacía un mes, pero no querían pensar en ello. Cuando Patricia lo confirmó en el grupo de WhatsApp, Elena llamó a Lucía.
—Tenemos que hacer algo especial antes de que se vaya. Un plan de las tres, como antes.
—Estoy de acuerdo —dijo Lucía—. ¿Qué se te ocurre?
—Un fin de semana fuera. Las tres juntas. Sin teléfonos, sin trabajo, sin preocupaciones.
Lucía buscó en internet y encontró una casa rural en las montañas de Teruel, a tres horas de Valencia. Era una casa pequeña de piedra con una chimenea, un jardín y vistas a las montañas.
—Es perfecta —dijo Elena—. Resérvala.
El viernes siguiente, las tres salieron de Valencia en el coche de Elena. Lucía puso la música a todo volumen y las tres cantaron canciones de cuando eran adolescentes. Patricia iba en el asiento de atrás, sacando fotos por la ventana.
La carretera subía entre montañas. Los árboles cambiaban de color: del verde de la costa al amarillo y rojo del otoño en las montañas.
—Es más bonito de lo que imaginaba —dijo Patricia.
Llegaron a la casa al atardecer. Era incluso mejor que en las fotos. Tenía dos habitaciones pequeñas, una cocina de madera y un salón con la chimenea de piedra. Desde el jardín se veían las montañas y, abajo, un pueblo diminuto con una iglesia.
—Si Lucía cocina, estamos en peligro —dijo Elena, recordando el desastre de la lasaña.
—Muy graciosa —dijo Lucía—. He traído cosas para hacer sándwiches. No pueden salir mal.
Se rieron las tres.
Esa noche encendieron la chimenea y cenaron sándwiches con queso y jamón. Patricia abrió una botella de vino que había traído.
—Propongo un brindis —dijo Patricia—. Por nosotras tres. Por diez años de amistad.
—¿Diez años ya? —dijo Elena, sorprendida.
—Nos conocimos en la universidad, ¿os acordáis? —dijo Lucía—. Elena se sentó a mi lado en la clase de literatura y me pidió un bolígrafo.
—Y tú dijiste: "Solo te lo presto si me dejas copiar los apuntes" —dijo Elena.
—Y yo llegué dos semanas después y no conocía a nadie —dijo Patricia—. Vosotras fuisteis las primeras personas que me hablaron.
Se quedaron un momento en silencio, recordando.
—No quiero irme a Londres —dijo Patricia de repente. Tenía los ojos húmedos—. Me preocupa que todo cambie. Que dejemos de hablar, de vernos, de ser nosotras.
—Patricia, eso no va a pasar —dijo Elena—. Ni en un millón de años.
—Elena tiene razón —dijo Lucía—. Podríamos vivir en tres continentes diferentes y seguiríamos siendo nosotras. Las que se pierden en el casco antiguo, las que queman lasañas, las que gritan en el fútbol.
Patricia se rio entre las lágrimas.
—Prometedme algo —dijo Patricia—. Prometedme que vamos a venir aquí una vez al año. Las tres juntas. No importa dónde vivamos.
—Te lo prometo —dijo Elena.
—Yo también —dijo Lucía.
El sábado pasearon por las montañas. Encontraron un río pequeño con agua cristalina. Se sentaron en unas rocas y estuvieron horas hablando de todo: de los planes de Patricia en Londres, del nuevo trabajo de Elena en la editorial, de los sueños de Lucía de abrir su propia galería de fotografía.
—Sería increíble tener nuestra propia galería —dijo Lucía.
—Pues hazlo —dijo Patricia—. Si yo puedo irme a Londres, tú puedes abrir una galería.
—¿Y si sale mal?
—¿Y si sale bien? —dijo Elena.
Por la noche, salieron al jardín. No había luna y el cielo estaba lleno de estrellas. En la ciudad nunca se veían tantas estrellas.
—¿Sabéis qué me ha enseñado este fin de semana? —dijo Patricia—. Que no importa dónde estemos. Lo que importa es lo que sentimos cuando estamos juntas.
—Eso ha sido muy cursi —dijo Lucía.
—Pero muy verdad —añadió Elena.
Las tres se abrazaron debajo de las estrellas.
El domingo, volvieron a Valencia en silencio. No un silencio triste, sino un silencio cómodo, de personas que no necesitan hablar para sentirse juntas.
Cuando dejaron a Patricia en su casa, las tres se abrazaron otra vez.
—Nos vemos en Londres —dijo Elena.
—O en Valencia —dijo Lucía.
—O en estas montañas —dijo Patricia—. El año que viene. Mismo sitio, mismo plan.
—Es una promesa —dijeron las tres juntas.
Patricia subió a su casa. Desde la ventana, las vio alejarse en el coche de Elena. Les mandó un mensaje al grupo: "Las mejores amigas. Las mejores montañas. El mejor fin de semana. Siempre juntas. "
Elena contestó con un corazón. Lucía contestó: "¿Quién se ha comido mi último sándwich? "
Y así, entre risas y lágrimas, las tres supieron que su amistad iba a sobrevivir cualquier distancia.