La criatura del jardín
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Coming Soon!Martín tenía ocho años y vivía con sus padres en una casa pequeña al borde de un pueblo tranquilo. Detrás de la casa había un jardín algo salvaje, con hierba alta, una mesa vieja de plástico y un árbol que daba sombra casi todo el día. Su madre decía que un día deberían arreglar el jardín, pero su padre siempre respondía que primero tendría que encontrar tiempo, energía y ganas. Como eso nunca pasaba, el lugar seguía igual, y a Martín le encantaba porque allí siempre parecía posible encontrar algo interesante.
Una tarde de sábado, Martín estaba jugando solo cerca del árbol mientras sus padres limpiaban el garaje. Él buscaba una pelota que había caído entre unas plantas cuando oyó un ruido suave, como un estornudo pequeño. Primero pensó que sería un gato. Luego pensó que podría ser un pájaro herido. Se acercó despacio, apartó unas ramas y vio una criatura muy extraña.
Era pequeña, más o menos como un conejo grande, pero no parecía un conejo. Tenía la piel gris azulada, los ojos redondos y oscuros, y unas patas delgadas que temblaban un poco. La cabeza era grande para su cuerpo, y detrás de la espalda tenía algo parecido a una línea de luz muy débil. Martín se quedó quieto, con la boca abierta. Nunca había visto algo así. La criatura también lo miró y soltó otro sonido raro, como si intentara toser con educación.
—Hola —dijo Martín en voz baja.
La criatura inclinó la cabeza.
—No creo que seas un perro.
El animal, o lo que fuera, dio dos pasos torpes y se escondió medio segundo detrás de una maceta rota. Después volvió a mirar a Martín, como si no estuviera seguro de si debía escapar o quedarse. Martín sintió miedo por un momento, pero también curiosidad. Además, la criatura parecía cansada, no peligrosa.
—No pasa nada —dijo él—. No te voy a hacer daño.
Entonces se dio cuenta de que el pequeño ser tenía una mancha oscura en un costado. Se agachó un poco más y vio que no era barro: parecía una herida. Sintió pena de inmediato. Ya había encontrado antes un pájaro con el ala rota, y una vez había llevado a casa un gato callejero que luego se había quedado tres semanas. Su madre todavía hablaba de aquel episodio con una mezcla de cariño y cansancio.
Martín tomó una decisión rápida. Corrió al garaje.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Tienen que venir! —gritó.
Sus padres levantaron la cabeza. Los dos tenían polvo en la ropa y cara de estar ocupados.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó su padre.
—Encontré una cosa en el jardín.
—¿Una cosa? —repitió su madre—. Eso no suena bien.
—No, no, una cosa viva. Pero no sé qué es.
Los tres caminaron al jardín. Martín iba delante, haciendo señales para que hablaran bajo. Cuando llegaron al árbol, la criatura todavía estaba allí, sentada junto a la maceta rota. Miró primero a Martín y luego a los adultos. La madre de Martín se quedó inmóvil. Su padre frunció el ceño como si esperara que, si miraba mejor, todo se volviera normal.
—Bueno —dijo al fin—. Eso no es un gato.
—Gracias por tu análisis —respondió la madre.
Se acercaron un poco. La criatura no huyó. Solo apretó los ojos y soltó un sonido corto, casi triste. La madre de Martín se agachó con cuidado.
—Parece herida —dijo—. Y está agotada.
—¿Qué hacemos? —preguntó Martín.
Su padre cruzó los brazos. Era un hombre práctico, y normalmente pensaba primero en los problemas. Ya habían tenido vecinos raros, una fuga de agua y un gallo que aparecía sin explicación en su patio algunos lunes. No quería otra complicación. Pero la criatura parecía débil, y Martín la miraba con una mezcla tan grande de preocupación y esperanza que resultaba difícil decir que no.
—Supongo que podríamos ponerla en la caseta del perro —dijo.
—No tenemos perro —recordó la madre.
—Precisamente. La caseta está libre.
Llevaron una manta vieja, un cuenco con agua y una caja baja para que la criatura pudiera entrar si quería esconderse. Martín observaba todo con mucha atención. Cuando su madre dejó el agua en el suelo, la criatura la miró unos segundos y luego bebió muy despacio. Después se tumbó sobre la manta como si ya no tuviera fuerza para más.
—Pobrecita —murmuró Martín.
—No sabemos si es pobrecita —dijo su padre—. Solo sabemos que es rara.
—Las dos cosas pueden ser verdad —respondió la madre.
Esa noche cenaron tarde porque pasaron mucho tiempo hablando del asunto. Martín quería quedarse en la caseta para vigilar, pero no lo dejaron. Su madre pensaba que al día siguiente deberían llamar a alguien del centro de animales. Su padre no estaba seguro de que el centro de animales tuviera una categoría para aquello. Martín comía en silencio, nervioso, y cada pocos minutos se levantaba para mirar por la ventana de la cocina.
Ya habían terminado la sopa cuando ocurrió algo todavía más extraño. La luz del jardín empezó a cambiar. No era una luz fuerte, sino una serie de pequeños destellos verdes y azules que salían de la caseta del perro. Los tres fueron corriendo hacia la puerta trasera. La criatura estaba despierta. La línea luminosa de su espalda brillaba ahora mucho más, y sobre la manta había una figura de luz, como un dibujo en el aire.
Martín abrió mucho los ojos.
—Mamá... eso no lo hacen los gatos, ¿verdad?
—No —respondió ella lentamente.
El padre dio un paso hacia atrás.
—Tampoco lo hacen los conejos.
La figura de luz cambió por unos segundos. Primero parecía un círculo, luego una casa, luego algo parecido a muchas estrellas. La criatura los miró y soltó un sonido suave, casi como una pregunta.
Martín tragó saliva. De pronto sintió una emoción nueva. Ya no pensaba solo que la criatura era rara. Empezaba a pensar que quizá no era de allí en absoluto.
Y esa idea, aunque daba miedo, también le parecía increíble.
Comprehension check
1¿Cuántos años tenía Martín en la historia?
2¿Dónde encontró Martín a la criatura?
3¿Qué hizo Martín cuando vio que la criatura estaba herida?
4¿Qué hicieron con la criatura al final del día?
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