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La llamada a casa

M
492 words · Key vocabulary
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Era viernes por la noche y Carlos estaba solo en su piso. Hacía ya un mes que vivía en Barcelona. Cogió el teléfono y llamó a su madre por videollamada.

La cara de su madre apareció en la pantalla. Estaba en la cocina, como siempre.

—¡Mijo! ¡Por fin me llamas! ¿Cómo estás?

—Bien, mamá. Cansado pero bien. ¿Y ustedes?

—Aquí todos bien. Tu hermano aprobó todos los exámenes. Tu abuelo te manda saludos.

Carlos vio la cocina detrás de su madre. La conocía de memoria: los azulejos amarillos, el calendario en la pared, la radio vieja encima de la nevera. Echaba de menos esa cocina.

—¿Qué estás cocinando, mamá?

—Arepas. Las de queso que te gustan.

Carlos sintió un nudo en el estómago. Echaba mucho de menos las arepas de su madre. En Barcelona había encontrado un restaurante colombiano, pero las arepas no sabían igual.

—Cuéntame del trabajo —dijo su madre—. ¿Te gustan tus alumnos?

—Mucho. Tengo un grupo de ocho alumnos. Son jóvenes y tienen muchas ganas de aprender. La semana pasada les enseñé una canción colombiana y les encantó.

—¡Qué bonito! ¿Y tienes amigos?

—Sí. Mi vecina Ana es muy simpática. Me ha enseñado el barrio y me lleva a sitios nuevos. También conozco a los profesores de la academia. Son buena gente.

Su madre se quedó callada un momento. Carlos sabía que estaba conteniendo las lágrimas.

—Mamá, no llores.

—No estoy llorando, mijo. Es que te echo mucho de menos. La casa está muy callada sin ti y tu guitarra.

Carlos también sentía ganas de llorar, pero se hizo el fuerte.

—Yo también los echo de menos. Todos los días pienso en ustedes. Pero estoy bien, mamá. De verdad.

—¿Y para Navidad? ¿Vas a venir?

Carlos no sabía. Los vuelos eran caros y llevaba solo un mes trabajando. No tenía mucho dinero ahorrado.

—Voy a intentarlo, mamá. Te lo prometo.

—Tu abuelo pregunta por ti todos los días. Dice que toque la guitarra que él te dio y que no la deje guardada.

—Dile que la toco todas las noches. Toco las canciones que él me enseñó.

Su madre sonrió. Se secó los ojos.

—Estoy muy orgullosa de ti, Carlos. Sé que no fue fácil irte tan lejos. Pero estás haciendo algo importante.

—Gracias, mamá.

Cuando terminó la llamada, Carlos se sentó en el balcón con su guitarra. Tocó "Pueblito viejo," la canción favorita de su abuelo. Las notas salían al aire de la noche en Barcelona.

Se acordó de las tardes en la casa de su abuelo en el campo, cuando el viejo le enseñaba los acordes con paciencia. Se acordó del olor del café por las mañanas y del sonido de la lluvia en el tejado de zinc.

Echaba de menos todo eso. Pero también sabía que estaba donde tenía que estar. Barcelona era su nueva vida, y estaba aprendiendo a quererla.

Desde el balcón de al lado, Ana escuchó la música. No dijo nada. Solo escuchó.