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Las empanadas de la abuela

M
784 words · Key vocabulary
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El domingo pasado, Lucía fue a casa de su abuela para aprender a hacer empanadas. La abuela las hacía todos los domingos, pero nunca había enseñado la receta a nadie.

—Abuela, tengo treinta años y no sé hacer tus empanadas. Eso tiene que cambiar —dijo Lucía, entrando en la cocina con un cuaderno para apuntar todo.

—No necesitas cuaderno —dijo la abuela—. Esta receta se aprende con las manos, no con la cabeza.

La abuela tenía ochenta y dos años y llevaba sesenta haciendo empanadas. Aprendió de su madre, que aprendió de la suya. Cuatro generaciones de mujeres amasando la misma masa en cocinas diferentes.

—Primero, la masa —dijo la abuela, poniendo harina en la mesa—. Necesitamos harina, mantequilla fría, un huevo, un poco de agua y una pizca de sal.

—¿Cuánta harina exactamente? —preguntó Lucía, con el bolígrafo preparado.

—La que necesite. Lo sabrás cuando lo sientas.

Lucía suspiró. Su abuela nunca usaba medidas exactas. Todo era "un poco de esto," "un puñado de aquello," "hasta que tenga buena pinta. "

La abuela mezcló la harina con la mantequilla cortada en trozos pequeños. Usaba las manos, frotando la mantequilla con la harina entre los dedos hasta que la mezcla parecía arena mojada.

—Ahora tú —dijo, apartándose.

Lucía metió las manos en la harina. Era una sensación extraña pero agradable. La mantequilla estaba fría y se deshacía entre sus dedos.

—Así, así —decía la abuela—. No la trabajes demasiado. La masa no quiere que la maltrates. Quiere que la trates con cariño.

Después añadieron el huevo y un poco de agua fría. La abuela amasó la mezcla con movimientos suaves y rápidos que Lucía intentó imitar. La masa de la abuela quedó lisa y perfecta. La de Lucía tenía grumos.

—No te preocupes —dijo la abuela—. Las primeras cien empanadas son siempre feas. Las buenas empiezan en la ciento uno.

Mientras la masa descansaba en la nevera, prepararon el relleno. La abuela cortó carne en trozos muy pequeños, no usaba carne picada.

—La carne picada es para gente con prisa. La carne cortada es para gente con amor.

Frieron la carne con cebolla, pimiento rojo, comino y pimentón. La cocina se llenó de un olor que Lucía conocía de toda su vida: el olor de los domingos en casa de la abuela.

—Abuela, ¿cuál es el ingrediente secreto?

La abuela sonrió.

—Hay dos secretos. El primero es una cucharada de azúcar en el relleno. Solo una. Le da un sabor especial que nadie puede identificar, pero todo el mundo nota.

—¿Y el segundo?

—El segundo es el tiempo. Una buena empanada no se hace con prisa. Se hace despacio, con paciencia, pensando en la persona que se la va a comer.

Sacaron la masa de la nevera y la estiraron con un rodillo. La abuela cortó círculos perfectos. Lucía cortó círculos que parecían más bien nubes.

—Abuela, los míos son horribles.

—Son perfectos. Cada empanada tiene la forma de la persona que la hace. Las tuyas tienen tu forma.

Rellenaron los círculos y cerraron las empanadas. La abuela le enseñó a hacer el repulgue: el borde ondulado que sellaba la empanada. Los dedos de la abuela se movían con una velocidad increíble. Los de Lucía iban despacio, pero aprendían.

Las metieron en el horno. Mientras esperaban, la abuela sacó una caja vieja del armario. Dentro había un cuaderno con las tapas amarillas y la letra temblorosa de otra persona.

—Este cuaderno es de mi madre. Aquí escribió todas sus recetas. Las empanadas, el guiso, las tortas, todo. Nunca me lo dio en vida porque decía que las recetas no se leen, se viven. Me lo dejó cuando murió.

La abuela le dio el cuaderno a Lucía.

—Ahora es tuyo. No lo leas todavía. Primero aprende con las manos. Después, cuando ya sepas hacer las empanadas de memoria, ábrelo y compara. Verás que la receta de tu bisabuela y la tuya son un poco diferentes. Eso es lo bonito: cada generación cambia un poco la receta, y así la receta sigue viva.

Lucía cogió el cuaderno con cuidado, como si fuera algo frágil y valioso. Lo era.

Las empanadas salieron del horno doradas y perfectas. Las de la abuela estaban mejor, pero las de Lucía estaban buenas. Muy buenas.

—Abuela, creo que las mías tienen tu sabor —dijo Lucía, probando una.

—Claro que sí. Tienen mis manos dentro. Yo te he enseñado. Mis manos están en las tuyas ahora.

Comieron empanadas juntas en la cocina, con la ventana abierta y el sol de la tarde entrando. Lucía pensó que aquel momento era exactamente lo que su abuela quería decir con "el segundo secreto": tiempo, paciencia y pensar en la persona que se las va a comer.