Perdida en Barcelona
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El verano pasado, Sara viajó a Barcelona por primera vez. Quería visitar la Sagrada Familia, pero se perdió en el centro de la ciudad.
Había salido del hotel por la mañana con su teléfono y una botella de agua. Caminó por las Ramblas, que estaban llenas de turistas y artistas callejeros. Todo era nuevo y emocionante. Sacó muchas fotos y se detuvo a mirar a un hombre que pintaba retratos.
Cuando quiso buscar la dirección de la Sagrada Familia en el teléfono, descubrió que no tenía batería. Se había gastado toda la batería haciendo fotos.
—No puede ser —murmuró Sara.
Intentó orientarse sola. Giró a la izquierda, después a la derecha, luego otra vez a la izquierda. Las calles del casco antiguo eran estrechas y todas parecían iguales. No reconocía nada.
Le preguntó a un señor mayor que caminaba con un perro.
—Perdone, ¿sabe cómo llegar a la Sagrada Familia?
El señor le explicó el camino, pero hablaba muy rápido y usaba nombres de calles que Sara no conocía. No entendió nada, pero le dio las gracias.
Siguió caminando y se metió en un callejón que terminaba en una pared. Tuvo que volver atrás. Empezaba a hacer mucho calor y Sara estaba cansada y frustrada.
Entonces vio una panadería pequeña con la puerta abierta. El olor a pan fresco le recordó a la panadería de su pueblo. Entró.
—Buenos días. ¿Podría indicarme cómo llegar a la Sagrada Familia? Es que estoy un poco perdida.
La dependienta, una mujer joven con el pelo recogido, sonrió.
—¡Claro! Pero las indicaciones son un poco complicadas. Espera, te lo dibujo.
La dependienta cogió una servilleta de papel y dibujó un mapa con las calles principales. Marcó con una X la panadería y con un círculo la Sagrada Familia.
—Primero sales y giras a la derecha. Caminas dos calles hasta llegar a una plaza con una fuente. Cruzas la plaza y coges la calle de la izquierda. Sigues recto unos diez minutos y la vas a ver. Es imposible no verla. Es enorme.
—Muchas gracias. Es usted muy amable.
—Y toma —dijo la dependienta, dándole un cruasán—. Pareces cansada. Necesitas energía para la caminata.
Sara salió de la panadería con el mapa en una mano y el cruasán en la otra. Siguió las indicaciones paso a paso: la calle a la derecha, la plaza con la fuente, la calle de la izquierda. Y entonces la vio.
La Sagrada Familia apareció al final de la calle como algo sacado de un sueño. Era más alta, más extraña y más hermosa de lo que Sara había imaginado. Se quedó parada en la acera, con la boca abierta, durante un minuto entero.
Sacó el teléfono para hacer una foto. Estaba apagado. No tenía batería.
Sara se rio sola en la calle. No importaba. Ese momento no necesitaba una foto. Lo iba a recordar para siempre.
Volvió al hotel siguiendo el mapa de la servilleta al revés. No se perdió ni una vez. Guardó la servilleta en su maleta como recuerdo del día.
Esa noche, llamó a su madre.
—Mamá, Barcelona es increíble. Me perdí, una señora me dibujó un mapa en una servilleta y me regaló un cruasán.
—Solo a ti te pasan esas cosas, Sara —dijo su madre, riéndose.
Sara pensó que perderse no era tan malo. A veces, los mejores momentos de un viaje son los que no planeas. Y las personas más amables las encuentras cuando más las necesitas.