Teobaldo en la plaza mojada
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Coming Soon!Teobaldo llegó a León en un autobús barato por la mañana. Llevaba una guitarra vieja, una mochila azul y una bolsa de tela con pan, queso y una naranja. No había dormido bien. Detrás de él, un hombre roncaba mucho. Delante, una niña cantaba la misma canción una y otra vez. Cuando bajó del autobús, Teobaldo tenía sueño, hambre y treinta y dos euros.
Primero buscó un hostal cerca del centro. Siempre hacía lo mismo: dejaba la mochila, se lavaba la cara y salía rápido para tocar en la calle antes del mediodía. En la recepción había una mujer con gafas rojas y un jersey verde. Se llamaba Berta y hablaba como una persona que ya tenía demasiados problemas.
—La cama cuesta dieciséis euros —dijo—. Solo aceptamos efectivo. Y no uses la cocina después de las diez.
Teobaldo pagó sin discutir, pero por dentro estaba nervioso. Después de pagar, tenía poco dinero para el resto del día. Si no ganaba algo tocando, iba a cenar pan duro y agua.
La habitación era pequeña y fría. Había una cama estrecha, una silla rota y una ventana con vista a una pared gris. Teobaldo dejó sus cosas, se puso una bufanda y salió con la guitarra.
Caminó hasta una plaza bonita cerca de la catedral. Había turistas, dos camareros moviendo sillas y una señora vendiendo castañas. “Aquí está bien”, pensó. Puso unas monedas en el estuche para dar buena impresión y empezó a tocar una canción tranquila.
Al principio, la mañana fue normal. Una pareja dejó un euro. Un niño pequeño se quedó mirando la guitarra con la boca abierta. Un hombre con abrigo negro dejó veinte céntimos y siguió caminando sin mirar atrás. Teobaldo empezaba a relajarse.
Entonces llegó el problema del día.
Empezó a llover.
No era una lluvia pequeña ni simpática. Eran gotas grandes y frías. En pocos segundos, la mitad de la plaza se vació. Los turistas corrieron, los camareros recogieron las sillas y la señora de las castañas tapó su puesto con plástico. Teobaldo cerró el estuche muy rápido y corrió debajo de un soportal. Cuando llegó, ya tenía una manga mojada y un calcetín medio muerto.
Bajo el soportal estaba un hombre delgado con abrigo verde y un violín. Tenía un bigote corto y cara de haber dormido en una silla.
—Mal día para trabajar fuera —dijo el hombre.
—Sí —respondió Teobaldo—. Y todavía no he ganado casi nada.
El hombre se llamaba Lisardo. También tocaba en la calle, aunque, según él, “no todos los días, porque la dignidad necesitaba descansos”. Lisardo dijo que conocía un mercado cubierto donde a veces era posible tocar un rato.
—No es muy legal —explicó—, pero el guardia salía a fumar cada media hora. Si tenía hambre, tardaba más.
Teobaldo no tenía otra idea mejor, así que fue con él.
El mercado olía a queso, café y pescado. Había mucho ruido: voces, cajas, cuchillos, carros y una radio vieja en un puesto de fruta. Lisardo empezó con el violín, y Teobaldo entró con la guitarra. El sonido subió hasta el techo y varias personas se giraron. Un hombre dejó un euro. Una señora sonrió. Una niña aplaudió sin ritmo pero con entusiasmo.
Durante unos minutos, todo funcionó.
Entonces apareció la complicación.
El guardia de seguridad estaba detrás de ellos con una empanada en la mano.
—Aquí no se puede tocar —dijo con calma.
Lisardo levantó un dedo, muy serio.
—Señor, esto no era un concierto. Era una prueba acústica.
El guardia miró las monedas en el suelo.
—¿Y estas monedas?
—Apoyo científico —dijo Lisardo.
Teobaldo tuvo que mirar al suelo para no reírse. El guardia no se rió. Les pidió que salieran inmediatamente. No gritó, pero tenía la cara de una persona cansada de músicos creativos.
Mientras recogían las cosas, una niña pequeña puso cuarenta céntimos en el estuche de Teobaldo.
—Para la ciencia —dijo.
Afuera seguía lloviendo, pero menos. Lisardo propuso ir a un bar barato. Allí pidieron café y un pincho de tortilla. La tortilla no era excelente, pero estaba caliente. Teobaldo contó sus monedas: seis euros y treinta céntimos. No era un gran día, pero tampoco era un desastre total.
—En León, cuando no te echan de tres sitios, ya tienes suerte —dijo Lisardo.
Por la tarde, Teobaldo volvió al hostal con los zapatos mojados y la guitarra seca por milagro. Berta estaba en la recepción, leyendo una revista vieja.
—¿Qué tal? —preguntó.
Teobaldo puso sus monedas sobre el mostrador.
—No me hice rico.
Berta miró las monedas mojadas y asintió.
—Pero tampoco te moriste de hambre. Ya es algo.
Teobaldo subió a su cuarto, colgó los calcetines en la silla rota y sacó una pequeña crema para las manos. Siempre la usaba después de tocar. Abrió un poco la ventana. Entró aire frío y el sonido de las campanas de la catedral. Sentado en la cama, empezó a secar la guitarra con una toalla pequeña.
Comprehension check
1¿En qué ciudad llegó Teobaldo al principio de la historia?
2¿Cuál fue el problema principal al principio del día?
3¿Quién era Lisardo?
4¿Qué pasó en el mercado cubierto?
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